La mirada chilena a Bolivia suele pecar de simplista. Para nosotros, el
problema marítimo no es más que un recurso que emplean los gobiernos de
ese país cuando están en problemas y necesitan distraer la atención
pública. La presentación en La Haya de esta semana se explicaría por el
deseo de Evo de ser reelecto en octubre. Además, como el resto de los
presidentes de Unasur, es un populista, lo que explicaría sus
extravagantes pretensiones.
Estas explicaciones tienen un grave
inconveniente: son falsas. Con o sin demanda, nadie duda de que Evo
Morales será reelegido, al menos por dos razones que, sumadas,
transforman a un político en imbatible: es muy querido por su pueblo y
en general ha sido un buen presidente. Otros hablarán de los aspectos
jurídicos de la demanda. A mí me interesa mostrar el fenómeno político
de Evo Morales, que ha pasado inadvertido a buena parte de los chilenos,
lo que nos puede deparar algunas amargas sorpresas.
Lo que Evo no es
Evo
no es Chávez ni Maduro. Es un hombre acostumbrado a la austeridad, que
mantiene las cuentas de su país en perfecto orden. Bolivia es un país
pobre, pero está progresando a buen ritmo. De hecho la extrema pobreza
se redujo a la mitad entre 1999 y 2011. No ha endeudado al país, no ha
aumentado la inflación, se ha creado mucho empleo, y ha multiplicado por
tres el presupuesto para las universidades. En el campo político, la
oposición puede expresarse libremente. A diferencia de Venezuela, Evo
logró desarticular unas presuntas pretensiones independentistas de Santa
Cruz con astucia política, sin recurrir a los apaleos, las prisiones
arbitrarias o las torturas (en el peor de los casos se le podría imputar
la muerte de tres supuestos terroristas de derecha, en un episodio que
todavía no se ha clarificado por completo).
Su relación con el
chavismo es sencillamente genial. Recibió millones de petrodólares y un
buen número de asesores. El dinero lo gastó en obras públicas; a los
asesores los escuchó, pero no les hizo el menor caso, tanto que al final
volvieron a Caracas. En los foros internacionales mantiene una retórica
chavista, pero en casa hace todo lo contrario. Astucia altiplánica.
Evo
no es Correa. En Bolivia todavía hay prensa libre. Basta con leer
"Página Siete" para ver que se puede criticar a los gobernantes sin
temer demandas o la asfixia económica. El régimen ha dado algunos pasos
preocupantes, pero no está al nivel de Ecuador, como algunos pretenden
hacernos creer.
Evo no es Cristina. La oposición le critica el
elevado gasto público, pero omite dos detalles importantes: el primero
es que, por el auge de los precios de las materias primas, el Estado ha
incrementado sus ingresos de manera exponencial, de modo que, a
diferencia de la Sra. K, no está gastando dineros que no tiene. El
segundo matiz que hay que hacer es aún más importante: Evo no gasta el
dinero fiscal en subsidios para desempleados sino en obras públicas que
están a la vista de todos.
También es interesante la forma de
gastar los dineros que recauda el Estado, pues no lo hace de manera
centralizada, sino que, tomando una idea de los gobiernos neoliberales,
les entrega grandes recursos a las comunidades. Este sistema tiene
muchas ventajas: disminuye la corrupción, ya que esas comunidades están
ligadas por vínculos familiares y de vecindad, y permite atender
necesidades muy variadas en un país que tiene tal diversidad que resulta
utópico administrarlo de manera completamente centralizada.
¿Qué es Evo?
La
derecha boliviana todavía se pregunta qué pasó, por qué perdió el
poder. Todos los números indicaban que Sánchez de Lozada había hecho un
buen gobierno, pero en las elecciones de 2005 un campesino indígena sacó
el 54% de los votos, contra todas las encuestas.
Evo supo
interpretar en el momento preciso el flujo de la historia boliviana. No
se trata sólo de la reivindicación de lo indígena, en un país donde hace
cien años a los indios ni siquiera se les permitía entrar al centro de
La Paz. Morales supo ver que la apuesta tradicional de la izquierda
boliviana, que ponía sus esperanzas en los obreros, no era aplicable a
un país eminentemente campesino. Evo representa al mundo rural, que está
no solo en el altiplano, sino que compone un enorme porcentaje de la
población urbana, a través de los inmigrantes.
Su postura no es
la propia de la izquierda lastimera y quejumbrosa, típica de otras
naciones latinoamericanas. Él le ha devuelto la dignidad al indio, al
campesino. Ha reivindicado el pasado, incluida la justicia comunitaria
tradicional. A diferencia de otros países, hoy en Bolivia constituye un
motivo de orgullo el ser aimara o pertenecer a las demás etnias
originarias.
Una de las características de su estilo de gobierno
es la cercanía a la gente y su capacidad de trabajo. A las 5 de la
mañana ya está en el Palacio Quemado, pero una vez que ha despachado los
asuntos del día parte a terreno. Llega a los lugares más recónditos y
casi no hay boliviano que no pueda decir: "yo lo vi", "yo saludé al
Presidente".
Escribir con las dos manos
Un
sociólogo boliviano de izquierda decía: "nosotros hemos aprendido que el
enfrentamiento frontal con los sistemas dominantes sólo lleva a la
derrota, por eso hemos desarrollado la capacidad de escribir con ambas
manos: una representa la lógica de la identidad, la otra es la lógica
del mundo moderno".
Escribir con ambas manos: esta parece ser la
clave del fenómeno Morales. Su discurso tiene elementos de marxismo,
pero dudo que haya un lugar donde la economía de mercado funcione de
manera más pura que en El Alto, la ciudad vecina a La Paz, que con sus
850.000 habitantes tiene 11.000 pymes y constituye toda ella un mercado
en permanente actividad. Pero no es el mercado de los liberales,
compuesto por individuos aislados, carentes de vínculos de solidaridad.
Es un mercado comunitario. El Alto es un notable ejemplo de
autoorganización, donde las juntas de vecinos y otras agrupaciones
comunitarias tienen un enorme poder, un poder tan grande que hizo trizas
el predominio neoliberal y llevó a Evo Morales al Palacio Quemado.
El
sincretismo se ve en su modo de entender la economía, la religión y el
mundo. No se le ocurre estatizar todo, pero el Estado controla ciertas
áreas estratégicas; hay muchas empresas extranjeras, pero les ha exigido
condiciones muy favorables para el país. Gran parte de los adherentes
al MAS, su partido, son católicos, pero no tienen inconveniente alguno
para hacer ofrendas a la tierra e invocar a sus dioses ancestrales. No
por casualidad casi todos los bolivianos son bilingües, lo que calza muy
bien con esta habilidad para tocar en dos registros.
El
"Evosistema" tiene, sin embargo, algunos puntos débiles. Está concebido
por y para el altiplano, por lo que excluye al resto del país. En su
discurso se aprecian ciertos componentes que podrían ser calificados de
racistas. Su control de la judicatura es total. La justicia comunitaria,
que tanto ha impulsado, puede ser muy peligrosa. Es frecuente ver en El
Alto y otras localidades letreros que dicen cosas como "Ladrón pillado
será colgado". Esto puede ser muy eficaz, de hecho permitió que el país
siguiera funcionando a pesar de una huelga policial que se prolongó por
un mes, pero resulta difícilmente conciliable con las exigencias de la
dignidad humana. También se aprecia un creciente culto a la personalidad
y un exagerado antichilenismo.
En materia de salud no ha
conseguido elevar significativamente la cobertura ni la calidad; en
educación, sus aliados trotskistas manejan la educación pública; es
implacable con sus adversarios políticos, a quienes paraliza con juicios
de toda índole. No construye una democracia, pero tampoco la destruye:
no es un tirano.
Todo esto nos muestra un panorama muy complejo,
pero los chilenos haríamos bien al tomar nota de él. En efecto, nuestra
contraparte en el nuevo caso ante La Haya no tiene nada que ver con la
imagen que nos hemos formado de ella; es un país que está creciendo y
que ha adquirido una peculiar conciencia de su identidad. Hoy reivindica
una salida al mar no por razones electorales o económicas, sino como
parte de un proceso más profundo, que puede definirse como un intento de
encontrar un camino propio que ponga fin a dos siglos de inestabilidad
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